Por biscuitt
“El fútbol es el opio de los pueblos” murmuraron por ahí. ¿El fútbol? No encuentro lo narcótico en este juego-deporte, socialista por excelencia. Para ello debería desviar mi foco hacia lo que vienen montando a su alrededor desde hace décadas. Comprender su rol en sociedad y aplicarle la decadencia sistemática de las mismas. Sociedades no narcotizadas por la belleza estética de un partido bien jugado, sino por la desaparición forzada de los clubes como “Asociaciones Civiles”, siendo reemplazadas por “Sociedades Anónimas”, en forma explícita o encubierta. Hinchas como rehenes en medio de un fuego cruzado, entre poderes políticos, empresariales, y las más puras pasiones, la sed que solo se sacia ante un gol maravilloso, una gambeta electrizante, un quite recio, el toque, una atajada espectacular. Rehenes del Estado, de la A.F.A. y su Comité Ejecutivo, de Grondona, del Grupo Clarín y sus planetas, de los barras-bravas.
La Revolución amagó gestarse gracias a “Fútbol para Todos” (aunque aún sigue siendo un eufemismo). La A.F.A. recibiría 600 millones de pesos en concepto de derechos televisivos. Por ende, los clubes de Primera División se harían de entre 30 y 16 cada uno, lo cual les significaba oxígeno económico, y la posibilidad de volver a desarrollar sus funciones sociales. ¿Entonces a que se debe el aumento de entradas? ¿A que se deben “populares” a 40$? Preguntas a las cuales corresponden respuestas nulas, como es usual. Ni siquiera el hoy interventor Estado admite alguna responsabilidad ante este hecho, cuando ayer fue el que sacó las papas del fuego gracias a su salvavidas monetario.
Ya han pasado dos Torneos y acaba de comenzar otro bajo esta novedosa modalidad de televisación. Pero los hinchas siguen pagando cifras irrisorias para presenciar partidos paupérrimos. Se los sigue intentando alejar de las cada vez más ruinosas canchas argentinas. Los socios seguirán utilizando las instalaciones de un club que desde hace tiempo no les pertenece, ya que no son Macri, Megatlón, Moyano o Tinelli. Otros estarán moviendo la antena de acá para allá, intentando agarrar el partido de la fecha. Clubes remendados, números en rojo, sin bases para cumplir con sus servicios comunitarios ni confeccionar proyectos de divisiones inferiores, planteles desmantelados, contratación de figurones, Europa que seguirá enriqueciéndose de piernas sudacas, como desde hace 25 años. Grondona continuará enjuagándose las manos, mientras el Estado quizás piense hasta donde fue realmente beneficioso negociar con Don Corleone, y el Grupo Clarín corre de juzgado en juzgado buscando se le otorgue el beneficio de litigar sin costo alguno, reservado a los más humildes; mientras las arcas flacas de los clubes se debieran estar alimentando de más equitativos ingresos por TV, además de los consabidos por ventas de jugadores, cuotas sociales, entradas. Demasiada guita para que debamos sintonizar lo mismo que ayer.
Cuando uno pasa su vida deambulando por la calle, es testigo de los mensajes que, a veces anónimos temporales, dejan en las paredes. Una amalgama de motivos llevan a que una simple pared se vuelva la pizarra para que algún poeta inspirado deje su frase. Transformando el fin para el cual los ladrillos fueron unidos, al lograr convertir la pared en un medio de comunicación. Medio variopinto, ya que puede servir para expresar, comunicar, denunciar, enamorar, etc.
Pero en mi caso las frases que me llaman la atención son aquellas donde la sociedad expone sus pensamientos de turno. Suelen ser frases huérfanas (ya que muy pocas veces el autor se hace cargo), pero que cualquiera las puedo haber escrito. En algunos casos daría la sensación que la sociedad iluminó a uno para que exprese los sentimientos generales. O en otros casos parece que alguien se cansó de la hipocresía reinante y busca despertar mentes dormidas. Quizás sea el caso del autor de aquella frase, que uno puede encontrar llegando a la estación Federico Lacroze de la línea Urquiza, que dice “Si la mierda fuera oro, los pobres nacerían sin ano”.
No soy ni el único, ni el primero en poner la lupa sobre esta forma de expresión, de hecho en “El libro de los abrazos”, Eduardo Galeano realiza una recolección de estas frases en una sección denominada “Dicen las paredes”. Allí Galeano publicó algunos grafitis que encontró en diversas partes de América, por ejemplo: “Ayude a la policía: Tortúrese” o “… a la entrada de uno de los barrios más pobres: Bienvenida clase media”.
Lo que me llama la atención de este tipo de frases, justamente es “el” mensaje que se inmortaliza en la pared. Darían la sensación que son gritos petrificados con tinta, que buscan despertar las mentes dormidas. Una bofetada a los pensamientos rutinarios. Funcionan como la voz de una conciencia olvidada, que busca generar una autocrítica en la sociedad.
Esta claro que dentro de parámetros normales, uno es libre de decir lo que quiere. Y nadie podría cuestionar su derecho a eso. Pero hablar sin tener un respeto por el contenido no debería estar permitido. O por lo menos ciertas palabras deberían tener un costo para aquel que no respete su significado y por ende que las utilice incorrectamente. ¿Qué palabras?¿Y qué quiere decir correctamente?
Palabras como democracia, verdad, justicia, libertad, igualdad, solo deberían ser utilizadas en casos donde la persona que las evoque refuerce su significado con sus valores. Por ende, aquellos que las utilizan sin darle consistencia deberían pagar por su uso. Digo, para que no sea gratis que un político de turno utilice discursos vacios.
Por ejemplo, cuando un candidato, aconsejado por agentes publicitarios que ya no saben como exprimir su creatividad, le promete a la sociedad su futuro compromiso por la lucha por la igualdad. Ahí debería definir a que igualdad se refiere, ¿igualdad de negocios para sus socios?¿igualdad de corrupción que el gobierno anterior? Otro caso claro es cuando el presidente de una potencia extranjera da un discurso efusivo sobre la defensa de la democracia para justificar la invasión a otro pueblo. Ahí le está faltando el respeto al significado de la palabra democracia. O se equivoca de palabra. Quizás debería buscar alguna cuyo significado sea defender intereses privados mediante el derramamiento de sangre. Por ende, si los discursos son vacios de contenido, porque son parte de un teatro al cual ninguno iría gratis, ¿por que nuestros oídos se tienen que contaminar sin algún tipo de resarcimiento?
Estas personas hacen del arte de la retórica un mercado persa en donde los vocablos se prostituyen para contaminar discursos y lavar cabezas, donde los conceptos con peso figuran en el libro de las rarezas. Por esa gente habría que poner un precio al uso de ciertas palabras. Que mejor manera de terminar con los discursos falsos que pegando en el lado más sensible, el de la billetera. Obviamente no le vamos a pedir a estos habladores, que se nutran de sus valore$, porque van a pensar en una lista de precio, más que un inmersión en su ética. Si es necesario un motivo para aplicar esta reglamentación, podemos levantar la bandera de la seguridad nacional, ¿o acaso nuestra cabeza no sufre de la inseguridad cultural producida por el abuso de éstas palabras?
Los medios de comunicación no solo generan temas de debate sino que a su vez son uno en si mismo. Durante el transcurso del siglo pasado, fueron construyéndose un lugar de peso en la sociedad. De peso porque se volvieron “los guardianes de la verdad”, y nutridos de “objetividad” actúan como jueces de, lo que ellos crean, la actualidad.
Desde un informe, o una columna de opinión pueden derribar las paredes de Troya o hacer pasar a un grano de arena como una montaña. A su vez manejan la memoria de esta sociedad que vive corriendo. Que mejor muestra que sacar un tema de la agenda cotidiana, si los medios lo nombran, parece que desaparece. El origen de esta fuerza está compuesto por conjunto de situaciones. Quizás uno sea la falta de reacción por parte de la justicia. Ya que la justicia no tiene la velocidad de un videoclip. Y por ende, un informe de quince minutos tiene un peso social equivalente a la de una sentencia de un juez. Pero ¿deben cumplir esa función?
Si uno visita el manual del periodista dice que: “el periodismo tiene como función formar, informar y entretener”. Pero al ver en lo que se convirtieron la mayoría de los medios, uno se da cuenta que esas funciones solo quedaron ahí, en el manual. La capacidad de manejar la opinión pública es preocupante.
El problema de que los medios sean “los guardianes de la verdad” es que son empresas. Empresas que buscan, en su mayoría, un rédito económico. Por ende están condicionados. O ¿pueden denunciar libremente a las empresas que le dan la pauta publicitaría? Si uno se guía por los hechos, no.
Hoy los medios ocupan ese lugar privilegiado en la sociedad y pareciera que no lo van a dejar. Porque si se busca atenuar su poder, surge la defensa, con la fuerza de un tsunami, con la bandera de la libertad de expresión. Es un tema delicado de discutir, y esto los que manejan a los medios lo saben. Por ende al salir con la bandera de la libertad de expresión corren la discusión a la arena que más le conviene.
Pero entonces surge una duda, ¿son intocables? ¿Pueden juzgar sin que se les reclame nada? ¿No incurre en mala praxis un periodista o un medio cuando tergiversa información debido a un interés económico?
La libertad de expresión es un derecho que costó ganar, mucha sangre se derramo, para que los buitres hagan negocios a sus espaldas. Por ende, no debería ser un recurso que vuelve inmune al que lo solicita para que diga lo que quiera. Igualmente, creo que ciertos espejismos mediáticos se están desvaneciendo. Parte de la sociedad ya no los consume obsecuentemente. Porque como espectadores y consumidores de los mismos tenemos que ser críticos. Cuestionar y no asentir, sino la dictadura será del pensamiento.
Para algunos teóricos de las políticas públicas, política pública es todo lo que el Gobierno hace y no hace con respecto a una cuestión problematizada por la sociedad. Es desde este concepto que sostienen que estudiar las políticas públicas sirve para ver al gobierno en acción. Y por último avisan que toda política pública posee en su interior una teoría del cambio social.
Si tomamos estos conceptos básicos, podemos sacar algunas conclusiones sobre lo que un Gobierno intenta ser. Por ejemplo si uno quiere analizar las políticas públicas del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires con respecto a la salud mental, podemos decir que su no acción en temas vitales muestra que no esta interesado en resolver los problemas de fondo que viven los centros de atención existentes en la Capital Federal. Para basarnos en un claro ejemplo, los invito a pasear por el Borda. Igualmente cabe aclarar que los problemas del Borda no nacen en el gobierno que lleva adelante Macri, pero esta claro que él como “responsable” no esta interesado en cambiar el destino de dicha clases de instituciones. Por el contrario al recorrer los pasillos se puede ver que lo único que abunda son las necesidades y el agotamiento de las personas que trabajan, con el corazón como único motor.
Llegado el frio, los vidrios juegan a las escondidas con las ventanas, y las paredes tienen pintorescos agujeros que son acompañados de maderas para ser tapados. A su vez existen trabajadores, profesionales o no, que poseen ese fuego, que es la vocación de servicio, y todos los días dan lo mejor para ayudar a los pacientes. Pero al mismo tiempo, tienen que superar las adversidades innecesarias que surgen todos los días. Diría que tratan de atarlo con alambre, pero a veces ni alambre tienen. Dicho paisaje no demuestra un interés por cuidar el nivel de vida de los pacientes por parte del Estado. Pacientes que además de verse afectados por un trastorno, sufren el peso de la amalgama existente entre el olvido y los prejuicios de la sociedad, representado en la no acción del Gobierno de turno. Hablo de Estado, porque el Estado lo conformamos todos, o a caso alguno de esos pacientes no tienen familiares que recurrieron al Borda en búsqueda de un depósito? O no somos nosotros los que alimentamos el prejuicio sobre ellos? Pareciera que los pacientes están siendo condenados en vida a vivir en una nebulosa, de la cual nos tendríamos que sentir obligados a ayudarlos a salir. Ellos merecen que se los trate como seres humanos, y no ser escondidos tras muros reforzados por el olvido.
La realidad política argentina tiene su norte bien definido, las elecciones presidenciales del 2011. Es la tierra prometida, a la que todos quieren llegar como Moisés, pero con sus propios mandamientos. Los últimos años de nuestra historia, nos acostumbraron a que la elección de los candidatos dejara de ser la decisión de los miembros de un partido, para asemejarse más al mercado de pases de los equipos de fútbol. Donde, los posibles candidatos cambian de ideales sin ataques de conciencia o limites de tiempo. Por ende, ni el archivo les hace efecto. A su vez, otros son ciclotímicos, ya que alguno un día salen anunciando que no se va a postular, pero dos meses después anuncia que es el candidato de la oposición, aunque dos años atrás era funcionario del oficialismo. O sino están los que dijeron haber llegado al final de su carrera política, pero luego de más de 5 años quien se acuerda? Así que otra vez al ruedo. Ni hablar de los que buscan ser candidatos, aunque la Constitución se lo niegue, pensando que su billetera todo lo puede.
La legitimidad de los candidatos para presentarse no se basa en una visión de país o una formación partidaria, sino en ver quien mide más en la opinión popular. Y por ende, sus respectivas cartas de presentación se basan en ser el hijo de, o tener una cuenta bancaria con tantos ceros como estrellas en el cielo. Lamentablemente, son pocos los que buscan debatir sobre un proyecto de país. La mayoría prefieren discutir nombres y lugares, al igual que las vedets que se pelean para ver que nombre figura primero en la marquesina de los teatros. Por ende reina el circo, pero estos payasos no son divertidos. Ojo, que de este circo no somos ni espectadores, ni victimas, por el contrario somos tan responsables como los propios artistas.
Por eso, espero que alguna vez, como sociedad nos demos cuenta de la clase de políticos que estamos gestando. Y no creo en la frase: “tenemos los políticos que nos merecemos”, porque creo que tenemos la clase política que permitimos que salgan, lo cual es peor.
Si uno se pone a pensar en la realidad actual, donde la mayoría de los países ejercen una pseudo soberanía, digo esto porque sectores de poder, que no fueron elegidos directamente por los ciudadanos, son los que toman las decisiones, diría que estos países no son más que máscaras. A su vez si uno piensa que a veces un ciudadano tiene más en común con los integrantes de otro país que con el de su misma nación. Por ejemplo un habitante de misiones tiene más similitudes con una persona de Paraguay que con alguien de Tierra del Fuego o Capital Federal. Da para seguir pensando, qué es un país? para qué sirve una identidad de país? Quizás un país no es más que un territorio delimitado en el cual un gobierno central ejerce tareas de administración y posee cierta población, que conforma una comunidad.
Argentina va a cumplir 200 años, es bueno o malo? Avanzamos o dimos vueltas en el mismo lugar? Nos sentimos miembros? Es un orgullo o nos da lo mismo ser argentinos? Obviamente mi opinión vale como la de cualquier habitante de este país. Pero sinceramente creo que a pesar de idas y vueltas estamos creciendo. En algunas cuestiones demostramos tener mayor grado de madurez que ciertas naciones que dicen ser superiores al resto. Por qué digo esto? Porque nosotros entendimos que como sociedad tenemos que defender la salud y educación pública; que luego de llamar varias veces a los militares para que arreglen la vida del país entendimos que nunca más eso debe volver a suceder, porque la democracia debe ser lo suficientemente inteligente para resolver sus inconvenientes; a pesar de la individualidad y egoísmo reinante, cada vez que alguna catástrofe golpeó al país o a alguna nación supimos estar ahí para dar una mano; porque después de cada palo que recibimos nos seguimos levantando cada día para salir adelante; no sufrimos problemas de unidad pese a que nuestra columna vertebral no es de las mejores, ninguna provincia buscar separarse aunque no a todas se la respete como se merecen.
Después de 200 años, creo que seguimos sin tener una identidad que nos una por completo. Creo que la dicotomía en la que siempre nos solemos apoyar es un deporte nacional, nos cuesta caer en la gama de grises. Nos cuesta decir que el otro tiene razón. Pero eso no quita que seamos capaces de un cambio. No quiero pecar de utópico ni de ingenuo, pero confío en que tarde o temprano todos nos vamos a dar cuenta del increíble país que tenemos. La historia nos enseño porque llegamos hasta acá, y que el territorio fue resultado del accionar del hombre, pero creo que es momento que empecemos a unir a los miembros de esta gran nación y darle fuerzas a este país, para que pueda tener alma y de esa manera que cada uno se de cuenta que redescubra que es ser argentino.
No creo que muchos se detengan a pensar que el tiempo es una construcción humana, por lo cual no existe sin el hombre. Los segundos, minutos y horas no existen por si mismos. Pero tenemos tan incorporada la idea del tiempo que no podemos concebir de que no existe. No podemos imaginar una vida sin tiempo.
Pero ¿qué es hoy el tiempo? Es una cadena invisible que nos ata a una rutina de la cual no podemos escapar. Nos tenemos que levantar a las 7, entramos a trabajar a las 8, tenemos una hora para comer y a las 6 llegas al final de tu día laboral. Cualquiera que esté interesado en hacer un experimento puede darse una vuelta por el microcentro para ver como el movimiento de la gente es guiado por el ritmo de las agujas del reloj. El tiempo se volvió una herramienta para someter a las personas, ya que la libertad de acción de cada uno esta delimitada por las paredes de números ¿Qué pasaría si cada uno tomara conciencia de que el tiempo como lo conocemos es alterable? ¿Qué sucede si como sociedad entendemos que el tiempo no nos tiene que devorar? Muchos pensarán que igual tenemos que seguir nuestras rutinas, que una vida sin reloj puede ser un caos. Caos basado en el miedo que significa salir de la caverna de lo conocido.
Pero creo que el punto clave es: tomar conciencia. Tomar conciencia de ser libres (si es lo que queremos).Tomar conciencia de que lo que vivimos a diario no es natural, es una cadena de sucesos que con el paso del tiempo se nos volvió costumbre. Hoy nos cuesta pensar una vida sin tiempo porque nacimos pensando en nuestra vida bajo la sombra del tiempo. Pero quizás es hora de replantearnos que queremos ser.
Hace un tiempo vivimos una pelea en la cual no había un título en juego, sino un estilo de país. Para algunos distraídos fue un reality show. Para otros una batalla épica digna de un cuadro, donde ambas partes recurrieron a todos sus recursos para salir victoriosos. De esa situación, una figura se elevó e iluminada por la luz de la razón (pero no sabemos de quien) tomó una decisión.
La pelea entre el Gobierno y CIERTO sector del campo supo ponerle pimienta a un momento del país. El cual está acostumbrado a ser dicotómico y no entender de grises.
Por eso, para aquellos que creen que el tema se terminó cuando Cobos dio su voto los invito a visitar el siguiente artículo. Como a su vez invito a aquellas personas que no se conforman con las informaciones prefabricadas que nos quieren vender a diario.
http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Republica/Soja/elpepuintlat/20100404elpdmgrep_2/Tes
Después cada uno sacará sus conclusiones.
Al caminar por Bueno aires la desigualdad aflora por todos los poros de la ciudad. Autos que por su valor son casas con ruedas y al lado un nene pidiendo para que le den una moneda, teniendo como única respuesta la indiferencia. Restaurantes elegantes, con platos exóticos y al lado pasan cartoneros Gourmet. Paseos diagramados para turistas, que tienen como compañero a uno de los ríos más contaminados del mundo, que es el castigo por no tener euros en las billeteras, para las familias que viven en sus cercanías.
Con el paso del tiempo, el paisaje de la ciudad se va nutriendo cada vez más de esta amalgama de contradicciones. De la cual parece que los únicos que no se dan cuenta del todo, son los que tienen más herramientas para cambiar la realidad. Con cambiar no me refiero a tapar sino a buscar las soluciones para que no haya un abismo de diferencia entre los sectores y que a nadie le falte lo minimó para vivir.
Igual nosotros como miembros de la sociedad no estamos exentos de responsabilidades. Solemos vivir en un mundo prefabricado, donde los valores están peligro de extinción y lo único que importa es tener lo que sea necesario para formar parte de la moda. Algunos creen que paredes o alambres son suficientes para aislarse en su mundo perfecto del cual Truman se les escapo. Quizás es necesario que la sociedad toda tome conciencia de que necesitamos un cambio de rumbo. Pero eso, es muy utópico, no?
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